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El terremoto porteño y sus réplicas nacionales

Las elecciones legislativas celebradas ayer en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires marcaron un punto de inflexión en el tablero político argentino.

El terremoto porteño y sus réplicas nacionales

Las elecciones legislativas celebradas ayer en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires marcaron un punto de inflexión en el tablero político argentino.

La victoria de La Libertad Avanza (LLA), encabezada a nivel nacional por el presidente Javier Milei, con un 30,1% de los votos, no solo sorprendió a los desprevenidos, sino que confirmó algo que muchos preferían no ver: la capital, otrora bastión dorado del PRO, ha girado bruscamente hacia la nueva derecha libertaria.
En segundo lugar quedó el peronismo, con Leandro Santoro al frente, alcanzando un 27,4%. Un resultado digno si se considera la histórica dificultad del peronismo para hacer pie en la Ciudad. Pero el dato más elocuente fue la estrepitosa caída del PRO, que con apenas un 15,9% firmó el acta de defunción de una hegemonía de 18 años, en la que supo tener tres jefes de Gobierno consecutivos y un dispositivo político aceitado.
¿Qué pasó?
Si bien sería cómodo culpar al azar o a la famosa "bronca" del votante, lo cierto es que el derrumbe del PRO en su feudo responde a un cóctel explosivo: crisis de liderazgo, falta de renovación y una campaña que pareció más una asamblea de consorcio que una propuesta electoral coherente. Las internas intestinas, las acusaciones cruzadas y la falta de un relato movilizador dejaron al electorado con la amarga sensación de estar frente a una fuerza agotada.
La participación electoral fue apenas del 53%, lo cual también habla de un electorado porteño apático, desconectado y en gran medida desilusionado. El “voto antisistema” hoy lleva peluca violeta y se presenta como “casta pero sincera”. Como ironizó el politólogo Andrés Malamud: “Nos gobiernan personas que no fueron entrenadas para eso; y en Argentina decimos ‘Gracias a Dios’”. En ese mismo gesto irónico se cifra buena parte del fenómeno Milei: un electorado que ya no busca gestores, sino exorcistas.
¿Y ahora, cómo sigue esto?
Este resultado no es solo simbólico. Tiene implicancias reales de cara a las legislativas nacionales de octubre. En primer lugar, fortalece el discurso del oficialismo libertario, que interpreta este resultado como un aval popular a su programa de motosierra y motosierra (la “licuadora” parece haber sido olvidada en la cocina). Milei puede ahora pararse sobre la cima del Obelisco y gritar: “¿Vieron que tenía razón?”
En segundo lugar, el PRO entra en un terreno pantanoso. Lo que fue una maquinaria aceitada con figuras nacionales ahora parece un souvenir de tiempos mejores. La discusión no es solo estratégica, sino existencial: ¿puede sobrevivir el PRO sin Macri? ¿O sin Milei? ¿O sin ambos?
El peronismo, por su parte, logra un segundo puesto que le permite sostenerse, pero aún no despega. En su versión porteña sigue atrapado entre su base tradicional y la necesidad de aggiornarse. Santoro, que alguna vez fue joven promesa, enfrenta el dilema clásico del centroizquierda: convencer sin asustar, proponer sin molestar.
¿Y el país?
La resonancia nacional de esta elección es clara. Si LLA consolida su avance en la Ciudad, no hay razón para que no logre réplicas en otras provincias, sobre todo en aquellas donde el hartazgo con la política tradicional alcanza niveles de saturación. El Congreso podría reconfigurarse a favor del oficialismo, no tanto por mérito propio, sino por desmérito ajeno.

En ese escenario, los bloques tradicionales—PRO, UCR, PJ—se ven obligados a revisarse o resignarse. El bipartidismo ya no es binario: ahora hay al menos tres polos en disputa, y uno de ellos juega con reglas nuevas.
Lo que pasó en la Ciudad de Buenos Aires no es solo un cambio de votos: es un cambio de época. Un ciclo se cierra y otro, todavía incierto, se abre. El electorado parece haber decidido que prefiere el caos sincero al orden decadente. Si esto es una revolución o una anécdota pasajera, aún está por verse. Lo que sí está claro es que la Ciudad ya no es lo que era, y por lo visto, el país tampoco.

Politólogo: Joaquin Jaquet

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