
La paradoja del voto y el contraste misionero entre Herrera Ahuad y Hartfield
Las elecciones legislativas realizadas ayer en la Argentina dejaron un resultado que mezcla sorpresa, ironía y resignación ciudadana.
Las elecciones legislativas realizadas ayer en la Argentina dejaron un resultado que mezcla sorpresa, ironía y resignación ciudadana. A nivel nacional, Javier Milei y su espacio La Libertad Avanza se impusieron con más del 40 % de los votos, consolidando un respaldo que, a simple vista, parece contradecir el desgaste que vive su gobierno.
A nivel nacional, el presidente Milei logró transformar un escenario económico adverso en una especie de referéndum a su favor. Según el analista Joaquín Morales Solá, “la elección legislativa es la mejor encuesta sobre la opinión que los argentinos tienen de un Presidente”. Y, al parecer, la encuesta lo aprobó, aunque el país siga buscando monedas en los bolsillos. Como señaló el politólogo Andrés Malamud, Milei “rompió el sistema político tradicional, pero ahora deberá demostrar si puede construir uno nuevo”. Lo paradójico es que los votantes decidieron seguir confiando en un gobierno que promete libertad mientras aplica recetas de ajuste. En otras palabras, el argentino vota con esperanza, pero con el estómago vacío.
El voto al oficialismo nacional refleja el cansancio con la vieja política y el temor a retroceder. Muchos ciudadanos, frente a la boleta, parecen decir: “ya me mintieron todos, probemos con el que al menos grita distinto”. Así, la elección se volvió una especie de casting nacional donde el carisma y el escándalo pesan más que la gestión. La ironía es que un presidente con altos índices de desaprobación terminó obteniendo un respaldo sólido: la bronca, en Argentina, también tiene partido político.
La “ausencia estratégica”
Hartfield llegó a la campaña con un rasgo que hasta hace poco hubiera sido considerado un defecto: no militaba mucho, no recorría intensamente los barrios, no tenía presencia constante. En la política tradicional, eso sería pecado. Pero he aquí lo curioso: en tiempos de hartazgo con la “política de siempre”, esa falta se volvió ventaja. En lugar de “el candidato que promete y no cumple”, se presentó como “el que no aparece tanto, así no me miente tanto”.
Mientras tanto, Herrera Ahuad que representaba justamente esa gestión de proximidad, recorridas y territorialidad pagó el costo de estar “visto” demasiado. Estar en todas partes puede significar también estar expuesto a todas las críticas. Y en un electorado cansado de apariciones y selfies, esa cercanía dejó de ser un plus y se transformó en sobreexposición.
¿Y los intendentes municipales dónde estaban?
Una falla clave para Herrera Ahuad: parte del electorado reclama “estar en el barro”. Y aunque su campaña y su gestión local podían presumir de ello, en la contienda se vio que los intendentes locales no fueron suficientes para contrarrestar el relato del cambio. En algunos municipios la participación fue muy baja Y el candidato de cambio, Hartfield, se benefició de un electorado que decidió castigar al “que milita mucho” y premiar al “que aparece poco”. El aparato municipal que es pilar del oficialismo esta vez no funcionó y tampoco encontró la magia para frenar la “oleada de afuera”.
La gestión reconocida que se convierte en rutina
Herrera Ahuad se jugó por la cercanía, el contacto directo, la gestión de barrio: virtudes que la gente valora, cuando no se toman por garantizadas. Cuanto más se convierte en rutina política, más riesgo de que pase desapercibida. Mientras tanto, Hartfield ganó justamente porque no había tanto que revisarle: “No lo vemos mucho”, “No lo tenemos tanto que criticar”. En otras palabras: la novedad sin historial pesa.
Así que, irónicamente: en Misiones ganó el que menos se mostró, y perdió el que más se mostró o al menos, más de lo que el electorado quería seguir viendo.
La política misionera de 2025 podría titularse: “Gana el que llega sin plan, y pierde el que llega con plan y recorrida”. Hartfield demostró que, en un contexto donde “estar” ya no garantiza “ser visto como buen gobernante”, la invisibilidad puede transformarse en insospechada estrategia. Herrera Ahuad, por su parte, demostró que tener gestión comprobada ya no es sinónimo automático de triunfo: el electorado quiere sorpresa, riesgo o cambio, aunque no siempre lo diga así.
En síntesis: en la Argentina del “voto bronca”, en Misiones triunfó el “voto novedad”. Y mientras tanto, la calle, los barrios y la presencia siguen siendo opciones relevantes, esta vez resulto ser más eficaz la “menor visibilidad”.