
Milei abrió las sesiones, pero cerró el diálogo
La apertura de sesiones del presidente Javier Milei fue menos un discurso institucional y más un acto político con todas las letras.
Politólogo: Joaquin Jaquet
En vez de un mensaje pensado para explicar qué se hizo y qué se va a hacer, pareció una reafirmación de su estilo: confrontar, marcar enemigos y reforzar su identidad ante sus seguidores.
Milei volvió a insistir con la idea de que está llevando adelante una “refundación” del país. El ajuste económico no lo presenta solo como una medida necesaria, sino como una especie de cruzada moral contra lo que él llama “la casta”. El mensaje fue claro: el déficit cero es innegociable y todo lo demás pasa a segundo plano.
El problema es que una cosa es hablarle a quienes ya están convencidos y otra muy distinta es construir acuerdos más amplios para gobernar. El Congreso estaba ahí, pero el tono del discurso dio la sensación de que no era un espacio de diálogo, sino un escenario. Más que buscar consensos, el Presidente pareció buscar reafirmar su liderazgo frente a propios y extraños.
La estrategia es evidente: consolidar a su núcleo duro antes que ampliar su base. Polarizar ordena políticamente, pero también cansa y desgasta. Cada crítica se transforma en ataque del “sistema”, y cada aplauso en prueba de que el rumbo es el correcto. El riesgo de este esquema es que reduce el espacio para el debate y convierte cualquier diferencia en una batalla.
No hay señales de ruptura institucional, pero sí una tensión constante. Gobernar no es solo ganar elecciones; es también negociar, ceder y construir mayorías estables. Y ahí está el desafío: ¿puede sostenerse un modelo basado en la confrontación permanente sin ampliar acuerdos?
La apertura de sesiones dejó una imagen clara: Milei no piensa moderar su estilo. Apostó a la épica antes que a la diplomacia, al choque antes que al consenso. Para algunos, eso es coherencia. Para otros, es una forma de gobernar que puede complicar el futuro.
La política argentina, una vez más, parece debatirse entre el espectáculo y la gestión. Y en ese equilibrio frágil se juega buena parte del rumbo del país.