
Reorganizar para gobernar: cuando los cambios son el mensaje
En Oberá, la gestión municipal de Pablo Hassan volvió a sacudir el tablero político con una nueva reorganización del gabinete.
Análisis Político -
A menos de un año del último recorte en el organigrama, cuando se pasó de 123 cargos a 81 en nombre de la eficiencia y la desburocratización, el intendente vuelve a mover las piezas, dejando en evidencia que en este gobierno los cargos no son un punto fijo, sino una zona en constante reconfiguración.
Uno podría pensar que tales cambios responden a una estrategia planificada de mejora continua. Pero como bien advierte el politólogo italiano Gianfranco Pasquino: “La política sin rumbo se disfraza de dinamismo.” Es decir, cuando no hay un rumbo claro, la gestión se vuelve puro movimiento. Se reorganiza el gabinete, se reestructuran áreas, se redefinen cargos, pero los problemas estructurales siguen donde estaban.
En política, el cambio es saludable. Lo preocupante es la frecuencia con la que se vuelve necesario. Como decía el politólogo O'Donnell: “La democracia no se sostiene solo con instituciones, sino con prácticas coherentes.” En este caso, los cambios abruptos y reiterados en el gabinete generan la percepción de improvisación más que de coherencia. Lo simbólico (el recambio de nombres) reemplaza a lo estructural (un plan de gobierno con dirección política sostenida).
Desde el punto de vista comunicacional, el intendente busca proyectar una imagen de control y eficiencia: elimina cargos, ajusta estructuras, promete agilizar trámites. Pero el riesgo es que esa imagen colapse bajo el peso de los hechos. En este punto, lo que debería ser una señal de fortaleza se convierte en evidencia de vulnerabilidad.
Como decía Menem sí, Carlos Saúl, el rey de los reacomodos ministeriales: “Estamos mal pero vamos bien.” Y algo de eso parece aplicarse aquí: se reconoce la crisis financiera municipal, pero se actúa como si la solución pasara únicamente por mover nombres. Si cada tres meses se cambia de estructura, el mensaje que recibe la ciudadanía no es de eficiencia, sino de incertidumbre.
Además, esto afecta a los propios equipos de gestión: se instala una lógica de supervivencia más que de acción. Funcionarios más preocupados por mantenerse que por transformar. Áreas que no terminan de asentarse cuando ya están nuevamente en revisión. Y la consecuencia más clara: la parálisis de lo importante en nombre de lo urgente.
En definitiva, cambiar un gabinete no es, por sí solo, una política. Es, en el mejor de los casos, una herramienta. En el peor, una excusa. Cuando los gobiernos confunden dinamismo con rumbo, terminan atrapados en una coreografía sin avance. Mucho movimiento, poca dirección. O como diría otro clásico de la ciencia política, Adam Przeworski: “No importa cuántas veces se recambie un gabinete, si las reglas no son claras, todo se vuelve inestabilidad disfrazada de estrategia.”
Y así, en Oberá, reorganizar el gabinete puede terminar siendo menos una solución de gobierno y más una señal de que, por ahora, la gobernabilidad se organiza… pero no se ejerce.